Quizá el próximo gran desafío de los sistemas de salud no esté dentro de los hospitales, sino mucho antes de que una persona necesite llegar a uno.
Hay escenas que terminan acompañándonos mucho después de que acaba la jornada.
En una clínica, esas escenas suelen repetirse una y otra vez: una familia esperando un diagnóstico, un paciente que llega demasiado tarde, una conversación entre médicos sobre una enfermedad que pudo haberse detectado antes.
Después de años trabajando en gestión sanitaria, hay algo que esas escenas me enseñaron; y es que muchas de las personas que atendemos no deberían haber necesitado llegar hasta aquí.
Esa reflexión me acompaña desde hace tiempo y ha cambiado profundamente mi manera de entender el liderazgo en salud.
Siempre pensé que nuestro mayor desafío era administrar mejor los servicios de salud: optimizar procesos, incorporar tecnología, fortalecer la calidad asistencial y ofrecer una atención cada vez más segura y humana. Ese sigue siendo un objetivo irrenunciable, sin embargo, hoy creo que el verdadero desafío empieza mucho antes: lograr que menos personas necesiten utilizar esos servicios.
Hay una pregunta que vuelve repetidamente a mi cabeza:
¿Quién está cuidando la salud de las personas cuando todavía se sienten sanas?
La urgencia de esta pregunta no es una percepción personal. Es una realidad mundial. Hoy, las enfermedades no transmisibles —como las cardiovasculares, el cáncer, la diabetes y las enfermedades respiratorias crónicas— provocan alrededor del 75 % de las muertes en el mundo, y gran parte de esa carga está asociada a factores de riesgo prevenibles. No estamos frente a un problema inevitable; estamos frente a una oportunidad inmensa para actuar antes.
Mientras más lo pienso, más convencida estoy de que esa es una de las preguntas más importantes que deberíamos hacernos quienes tenemos la responsabilidad de liderar organizaciones de salud.
Basta mirar algunos indicadores para entender la magnitud del desafío. En el mundo, una de cada siete personas vive con obesidad y casi un tercio de los adultos no realiza suficiente actividad física, dos de los principales factores que impulsan las enfermedades crónicas.
La realidad es que nuestros sistemas de salud han aprendido a responder muy bien cuando la enfermedad ya llegó.
El reto ahora es diferente, ¿Cómo evitamos responder tan tarde?
Porque la salud no empieza cuando alguien cruza la puerta de un hospital; empieza mucho antes.
Empieza cuando un niño tiene acceso a una alimentación adecuada. Cuando una ciudad invita a caminar y a vivir espacios públicos saludables. Cuando una empresa entiende que cuidar la salud mental de sus colaboradores no es un beneficio adicional, sino una inversión en las personas. Cuando una familia tiene acceso a información confiable para tomar mejores decisiones.
La mayor parte de nuestra salud se construye lejos del consultorio.
En el Perú, esa realidad también se hace evidente. La prevalencia de obesidad en adultos ya supera el 27 %, y la probabilidad de morir prematuramente por enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes o enfermedades respiratorias crónicas sigue siendo un desafío para el sistema de salud. Son cifras que nos recuerdan que la prevención no puede seguir ocupando un segundo plano.
A veces olvidamos esa realidad porque quienes trabajamos en hospitales vivimos rodeados de pacientes. Es natural. Pero el hospital representa apenas un momento dentro de una historia que comenzó mucho antes.
Y comprender eso cambia por completo la forma de entender nuestro papel.
Quizá el éxito de un sistema de salud ya no deba medirse únicamente por la rapidez con la que responde cuando alguien enferma, sino también por su capacidad para ayudar a que esa enfermedad nunca aparezca.
La mejor cama hospitalaria es aquella que nunca tuvo que ocuparse.
Esa idea resume, para mí, el verdadero sentido de la prevención; pero, que logremos convertirla en realidad exige algo que ninguna institución puede lograr por sí sola.
Ni los gobiernos, ni los hospitales, ni las empresas, ni las universidades, ni los organismos internacionales; por eso necesitamos construir alianzas diferentes.
Además de un desafío sanitario, esta es una conversación sobre desarrollo. Cuando una persona enferma de manera prevenible, no solo se afecta su calidad de vida. También disminuye la productividad, aumenta el gasto de bolsillo de las familias, se presionan los sistemas públicos y privados de salud y se limita el crecimiento económico de un país. Invertir en prevención no es un gasto. Es una de las decisiones más inteligentes que puede tomar una sociedad.
Alianzas entre salud, educación, desarrollo social, sector privado, academia y comunidades. Porque las causas de los grandes problemas de salud son compartidas y, por lo tanto, las soluciones también deberían serlo.
Como gerente de una institución de salud, reviso permanentemente indicadores sobre calidad, oportunidad, productividad y seguridad del paciente. Son indispensables y seguirán siéndolo.
Sin embargo, cada vez me hago una pregunta distinta, ¿Cuántas personas logramos ayudar antes de que necesitaran una cama hospitalaria?
Es una pregunta difícil, hasta tal vez incluso incómoda, pero también es una pregunta necesaria.
Porque el verdadero impacto de un sistema de salud no debería medirse únicamente por lo que hace dentro de sus paredes, sino por la diferencia que logra generar en la vida de las personas antes de que la enfermedad aparezca.
Estoy convencida de que esa visión también exige una nueva forma de liderazgo capaz de escuchar antes que imponer, de construir alianzas donde antes había sectores aislados, de pensar en el largo plazo cuando la urgencia cotidiana parece exigir solo respuestas inmediatas.
Con frecuencia se dice que los gerentes administramos presupuestos, infraestructura o indicadores. Yo creo que administramos algo mucho más valioso: decisiones que terminan impactando la vida de miles de personas. Esa convicción ha cambiado mi manera de ejercer el liderazgo. Hoy sé que una buena gestión no solo se refleja en la eficiencia de una organización. También se refleja en la capacidad de generar bienestar más allá de sus propias paredes.
Hay que acostumbrarnos a pensar que innovar no siempre significa incorporar un equipo de última generación, a veces innovar consiste en sentar en la misma mesa a personas que nunca antes habían trabajado juntas.
Porque la prevención no puede seguir siendo el capítulo final de una estrategia de salud sino que debe convertirse en su punto de partida.
El futuro de la salud no dependerá únicamente de la tecnología, de la infraestructura o del presupuesto que logremos invertir; dependerá de nuestra capacidad para cambiar la conversación, de dejar de preguntarnos solamente cómo atender mejor a quienes llegan al sistema y empezar a preguntarnos cómo acompañamos a quienes todavía están fuera de él.
Tenemos la oportunidad —y también el deber— de contribuir a construir sociedades más saludables.
Durante décadas construimos sistemas preparados para responder a la enfermedad; el próximo gran salto será construir sociedades capaces de producir salud.
Y ahí tenemos una de las mayores oportunidades para liderar.
Vanessa Hinojosa Hoyos
Clínica San Gabriel – Grupo San Pablo
Orcid: 0000-0001-5817-4829