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He venido siguiendo con atención el desarrollo de la campaña electoral. Se sabía desde un inicio, que sería un proceso complejo dado todo el desgaste anímico por la salud, la situación económica, el miedo, dolor, ira y pocas esperanzas que ha traído la gestión del COVID19 en Perú, sumado con un descontento nacional por la clase política –tradicional o no- que nos ha llevado por un espiral de inestabilidad en los últimos años; todo ello, enmarcado en una corrupción sin límites.

Y si bien, no serían las primeras elecciones con más de 10 candidatos con aspiraciones presidenciales, no esperaba que el respeto a los derechos de la persona en su esencia, sea poco valorado en el Perú. Podría parecer ingenuo, pero lidero una organización que promueve el liderazgo de las mujeres y cuando vemos cómo tantos líderes de opinión, empresarios, medios de prensa, el propio Estado, una sociedad civil tan activa, redes sociales con expresiones frontales en torno al respeto de los derechos las mujeres, con aparente empatía para reducir las brechas ocupacionales, en ciencia, en posiciones directivas, de emprendimiento; que reconocen la necesidad de quebrar los estereotipos de género que le asignan a las mujeres roles prioritariamente familiares, dando discursos y proclamas en favor de la igualdad de oportunidades señalando lo valioso de la diversidad en una sociedad que aspira al desarrollo sostenible; uno creería que íbamos por buen camino.

Sin embargo, comprobar con cuanta facilidad personas con formación y experiencia, muchísimas miembros de los grupos antes mencionados, abrazan posturas discriminatorias contra las mujeres, que lindan con lo misógino, que paradójicamente se identifican bajo el término de renovación y pretendían colocar en las más altas investiduras a personas que tildan de “terroristas” a las mujeres independientes, trabajadoras y no sumisas a los tradicionales roles familiares (mujer – madre – casa), bajo el principio que “las mujeres no deben buscar el éxito sino que deben ser personas serviciales”; o posturas que se identifican con un Perú Libre que proscribe el enfoque de género en la educación y manda a las mujeres a luchar contra su propio género, en una agrupación que plantea la imprescriptibilidad en caso de corrupción y su Plan de Gobierno está firmado (con foto incluida) por un sentenciado por corrupción; entre otros más que de una u otra manera –salvo muy pocas excepciones- cuentan con un pasado turbio en torno a su actuar respecto al derecho de las mujeres, muestran el poco compromiso por una agenda de cambio hacia la ética y la igualdad de oportunidades.

Pero más allá, de los candidatos, lo que me preocupa es el sentir de las peruanas y peruanos (lenguaje inclusivo que por más de uno sería proscrito al día siguiente de su designación). Escuchaba ayer a @rosamariapalacios decir que, entre el respeto de derechos y el orden, las personas hoy apelan a lo segundo. Está visto que es así. Pero más allá de las preferencias, resulta difícil creer que la economía crezca o que exista una reforma estructural del Estado sin un cambio profundo de los valores sociales peruanos que se exprese en el pilar elemental de una sociedad civilizada: el respeto a la persona.

En recientes encuestas de opinión más del 60% de los encuestados sostienen que la corrupción es el primer problema del país (Proetica, IPSOS) y un 73% que la corrupción incrementará en los próximos años. Si preocupa la corrupción, creería que más allá del reclamo, deberíamos TODOS asumir un compromiso nacional por un comportamiento ético.

La ética trata sobre el bien y el fundamento de los valores. La ética cultiva los valores fundamentales para el desarrollo humano y social sustentado en el respeto, la igualdad, la honestidad, la sinceridad, la responsabilidad, justicia y muchos otros más. Si una persona o una organización (más una propuesta política) plantea promover cambios sociales, un crecimiento económico y social, asumir una lucha frontal contra la corrupción, debe estar comprometida con la ética desde su convicción (no solo en palabras).  En esta línea, preguntémonos, ¿es ético plantear límites a la libertad responsable? Es ético discriminar a las mujeres? ¿Es correcto asignarles roles limitantes a su desarrollo personal, familiar, profesional, social? Comprometerse con la igualdad de oportunidades, es una expresión de la ética de cada uno. Pero el compromiso se mide con acciones, gestos y decisiones más allá de las palabras.

Este domingo 11 de abril es una oportunidad para ponerlo a prueba. Escoja un representante al Congreso con real consciencia de género que confronte las posturas contrarias al desarrollo humano. No vaya a ser que te sea atribuida la lapidaria frase de Sócrates “…siente el menor de los respetos por los más respetables y el respeto más alto por lo que menos respeto merece”. Este proceso electoral ha desnudado para mí, que el camino por la igualdad de oportunidades en el Perú, es aún una meta de largo aliento, que hay mucho de marketing o “políticamente correcto” pero poca convicción. Que la cultura del privilegio y paternalismo subsiste con mucha fuerza y que se requiere hoy más que nunca un liderazgo con consciencia de género, inclusivo y evolucionado, para forjar un país desarrollado como nuestras familias lo merecen.

Cecilia Flores.

Presidenta de WomenCeo Perú

Instituto Peruano de Empresas y Derechos Humanos – IPEDHU